sábado, 7 de abril de 2012

Erckmann-Chatrian y El amigo Fritz

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 Émile Erckmann (1822-1899) y Alexandre Chatrian (1826-1890) fueron dos novelistas franceses que escribieron sus obras a dúo. Cultivaron desde obras románticas hasta cuentos de terror y se ganaron la admiración de escritores como Lovecraft, Victor Hugo o Émile Zola.
Una de sus mejores obras románticas fue: El amigo Fritz. Como ambos escritores se conocieron en la primavera de 1847, probablemente tomaron de esa estación su esencia vital con la que impregnaron de optimismo las páginas de esta novela, con una luz llena de colorido que deja su resplandor en la salubridad, amabilidad y sencillez de sus gentes; y en el alma del lector una sensación de dulzura, felicidad, ternura y  paz por el brillo que transmite cada hoja.
Esta obra brotó en 1864. Cada personaje responde a una descripción precisa y al modelo fiel del cuadro de costumbres, desde el rabino David que ejerce como casamentero hasta el bohemio Josef o el epicúreo protagonista Fritz.
Fritz Cobus es un solterón joven y rico que dedica su vida a evitarse preocupaciones y a comer y a beber bien, a pasear por las tierras alsacianas y a frecuentar  las posadas en compañía de sus amigos, viviendo en una hermosa casa de la plaza de las Acacias y con una granja en propiedad en el valle de Meinsenthal. En su propia casa disfruta de las buenas comidas que le prepara la vieja y fiel sirvienta Katel.
El mejor amigo del que fuera su padre, el rabino David, le propone alguna joven, bella y honrada esposa para casarse pero siempre acaba rehusando la propuesta y riéndose a carcajadas porque prefiere mantenerse soltero.
Posteriormente, pasa una temporada en la granja para ayudar a los moradores en sus tareas, y es allí donde se enamora de la tímida, inocente y dulce Suzel, a la que los propios autores la describen como si fuese uno de los más hermosos paisajes de la obra: “Había en ella como un perfume de los campos; un buen olor de primavera y de aire libre, algo de riente y de dulce, como la algarabía de la alondra sobre los trigales: al mirarla os parecía estar en pleno campo, en la antigua hacienda después del deshielo”.  Es una jovencita a la que Fritz alaba por sus buenos platos y por su forma de desenvolverse en las tareas. En toda su estancia no echa de menos en ningún momento la vida en su casa y en sus quehaceres cotidianos; y cuando regresa al hogar vuelve como alguien despistado, triste y enfermizo, hasta darse cuenta de que lo que le sucede es que se ha enamorado de Suzel, pero debido a la diferencia de edad entre ambos, cuando le toca volver de nuevo a la granja prefiere huir de ella y pretexta un viaje con el recaudador de contribuciones recorriendo con él los hermosos valles del Rin. A su vuelta, como no ha podido olvidarse de ella, se da cuenta de que es inútil escapar. Acude a la cervecería del Gran Ciervo en compañía del padre de Suzel y del rabino David, y allí el alcohol le hace traslucir su alma replicándole un comentario al rabino con las siguientes palabras: “Oye, David, ¿a qué llamas tú cosas sin importancia? ¿En todo tiempo y en todos los países no ha sido el amor el que ha inspirado las más bellas acciones y los pensamientos más elevados? ¿No es el mismo aliento del Eterno el principio de la vida, del valor, del entusiasmo y de la abnegación? ¿A ti te corresponde profanar así la fuente de nuestra felicidad y la gloria del género humano? Si quitas el amor al hombre, ¿qué puede quedarle? La avaricia, el egoísmo, la embriaguez, el tedio y los más miserables instintos. ¿Qué gran obra hará? ¿Qué cosas bellas podrá decir? Nada en absoluto. ¡No pensará más que en llenar la tripa!... ¿Y si se llama al canto de vuestro rey Salomón el Cantar de los Cantares, no es también porque canta el más noble amor, el más grande, el más profundo en el corazón del hombre? Cuando dice en el Cantar de los Cantares: “Mi bien amada, tú eres hermosa como la bóveda de las estrellas, agradable como Jerusalén, temible como los ejércitos que avanzan con sus desplegadas banderas”, ¿eso no quiere decir que nada hay más bello, más invencible y dulce que el amor? ¿Y todos nuestros poetas, no han dicho lo mismo? ¿Y, desde Cristo, el amor no ha convertido a los pueblos bárbaros? ¿Con una sencilla cinta de un salvaje no ha hecho un caballero? En nuestros días todo es menos grande, menos bello, menos noble que antaño; ¿no es porque los hombres desconocen el verdadero amor y se casan nada más que por interés? Pues yo sostengo y digo que el amor verdadero, el amor puro, es la única cosa que puede cambiar el corazón del hombre, lo único que puede elevarlo y que merezca la pena de dar por él la vida; me parece que han hecho muy bien estos hombres batiéndose, puesto que ninguno de ellos podía renunciar a su amor sin reconocerse indigno de él a sí mismo”.
Cuando Fritz se vuelve a encontrar con Suzel es en la fiesta de Bischen, lugar al que sabía que ella iría y en el que aparece trajeado con sus mejores galas en una lujosa berlina; y se une a ella con el baile de salón por excelencia del siglo XIX: el vals, acompañado del delicioso toque de violín de su amigo bohemio Josef; aunque el baile es demasiado breve porque Suzel debe marchar con su padre para ayudarle en las tareas de la granja.
A la mañana siguiente la madre de Suzel, Orchel, se presenta en la casa de Fritz para consultarle qué le parecería la unión de su hija con el hijo de un primo de ella, ya que nadie sabía nada de los sentimientos que albergaba Fritz; y Fritz, sin aliento, se levanta para beber agua y cae desmayado.
Después de la visita del médico acude el rabino David, y Fritz le confiesa sus sentimientos por la hija de su colono. Ambos acuden entonces a la granja y el rabino hace de intermediario ante los padres, que atónitos ante la diferente posición social de la que gozaban cada uno quieren escuchar las palabras de boca del propio Fritz. Cuando Fritz expresa sus sentimientos por la hija, dice que solamente se casará con ella si también le ama; sentimiento que es recíproco porque ella lo muestra sutilmente en cada ocasión que habla o está con él.
Finalmente, se celebra la boda y quince días después Fritz Cobus reúne a sus amigos a comer en la misma sala donde tres meses antes vino Suzel a sentarse entre ellos, y recuerda la frase que tantas veces le dijera el rabino David: “Fuera del amor, todo es vanidad; que no existe nada comparable, y que el matrimonio con la mujer que se ama es el mayor paraíso de la tierra”, para acabar la obra con una hermosa sentencia leída por el rabino: “Amados hijos míos: amémonos unos a otros. Conoce a Dios quien ama a los demás. Quien no los ama, no conoce a Dios, pues Dios es amor”.
En conclusión, es una obra que mana dulcedumbre y ternura en un ambiente de vida sencilla y de gentes apacibles, bordada con una elegancia acogedora y majestuosa, hasta tal punto que Mascagni supo captar toda su esencia para hacernos sentir transportados a esos paisajes celestiales en su intermezzo L´amico Fritz.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Heine: un ángel caído descansa en la libertad y en la belleza

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Heinrich Heine (1793- 1856) fue un poeta alemán capaz de escribir versos de incomparable belleza y de usar la malicia y la ironía contra todo aquello que consideraba criticable en su país. Precisamente, por su condición de judío, en Alemania se granjeó la fama de “antialemán” por los antisemitas, y mucho tiempo después por los nazis. Su nombre ha intentado ser escondido por algunos y ensalzado por otros. Por él han pasado desde las críticas más ácidas hasta el inmenso elogio de ser considerado el mayor poeta alemán después de Goethe. Quizá la falta de expectativas laborales fue lo que llevó a Heine a marcharse a Francia, pero de todas formas resulta difícil imaginar al poeta viviendo toda su vida en un país con una situación política y social en aquel tiempo inestable y opresiva. Si bien hoy en día está considerado uno de los más grandes poetas que ha dado Alemania, durante su vida y hasta muchísimo tiempo después de muerto, su figura ha estado moviéndose siempre entre las luces y las sombras, hasta el punto de que una gran admiradora suya, Isabel de Baviera (la famosa Sissi), intentó rendirle un homenaje pidiendo que pusieran su estatua en su ciudad natal, Düsseldorf, pero esa petición fue rechazada y no se puso hasta muchos años después.
Quizá nadie resuma mejor la esencia de Heine como el escritor Max Aub, que en una conferencia dictada en la Ciudad de México con motivo del centenario de su muerte, dijo de él:
Heine está crucificado en medio del siglo XIX. Lo preside. Expresó como el mejor el tiempo en que vivió, más claras que nadie se las cantó a Alemania, a Francia, a Inglaterra; se atrevió con todo.
Nacido en las orillas del Rin, donde se cruzan las apuestas de la vida de Europa; donde se jugó, se juega y se seguirá jugando su historia, Heine es, como su río, alemán, y alemán y francés según sus orillas y los meandros del tiempo. Legendario y comercial, hermoso entre montes y llanos, civilizado y civilizador, fuente y represa de poesía y de destinos, muere despatarrado, rota la médula, en el mar del Norte, que este hombre de Düsseldorf cantó como nadie.
Heine es el Rin y el siglo XIX, la grandeza de Europa en su época más brillante. Heine es Napoleón y 1848, la crítica y la creación, el ateísmo y el deísmo panteísta. Es el que cree y no cree, y crea. Afirmación y negación, bien metido en el cauce de su maestro Hegel.
No se puede explicar a Heine –comprenderlo, lo comprende cualquiera-, sin conocer a Hegel, al Hegel pujante de la juventud. Su amor por Grecia, su desprecio del catolicismo, su concepto de Cristo, su admiración por Napoleón se desprenden de las enseñanzas vivas de Hegel.
No se parece a Rembrandt, como quería Brandés, sino a Goya; por el poder satírico, lo profético, la crítica social, el amor al cuerpo femenino, su gusto por el pueblo, su predilección por Francia, a donde ambos fueron a morir empujados por la reacción. Y la luz. Goya es a la pintura de nuestro tiempo lo que Heine a la poesía y Hegel al pensar.
En su juventud se enamoró de su prima Amalia; su amor sin esperanzas, irrealizable, que le acompañó en sus escritos durante toda la vida. De hecho, mucho tiempo después, viviendo en Francia, a su amigo y poeta Gerard de Nerval, como nos cuenta Teodoro Llorente en su Prólogo a las poesías de Heine, le confiesa: “Solo escribo versos para llorar unos amores sin esperanza, de juventud. Desde que perdí aquel paraíso de amor, esta pasión no es para mí más que un pasatiempo”.
Retrotrayéndonos a 1816 encontramos en la Correspondencia inédita de Heine una carta dirigida a su amigo Cristian Sethe, en la que le habla de su amor por Amalia (Molly en sus escritos):
¡No me ama! ¡Pronuncia, querido Cristian, esta palabra en voz baja, muy baja! En la última está el eterno cielo, siempre vivo; pero en la primera está el infierno mismo, siempre eterno. Si tú pudieras ver un solo instante a tu pobre amigo, contemplar su pálido rostro y el aire descompuesto y enloquecido que tiene, seguramente que el legítimo disgusto que mi largo silencio te había causado, iría amortiguándose poco a poco. Fuera mejor aún que pudieras penetrar una sola de tus miradas en las profundidades de su alma; entonces únicamente empezarías a quererle […], creo haberte hablado de las muchas veces que al mirar tu rostro he encontrado en él, y particularmente en tus ojos, algo que de una manera extraña me rechazaba y a la vez me atraía hacia ti vivamente, casi como si en un mismo momento recibiera de ellos un dulce bienestar y también la burla más fría, áspera y amarga. Pues bien, ese mismo misterio, ese enigma, lo he encontrado en las miradas de Molly. Eso es precisamente lo que tanto me confunde. No obstante que tengo pruebas evidentes e irrefutables de que nunca ha de amarme […], sin embargo, mi pobre corazón enamorado no quiere dar todavía su concedo, y se dice a sí mismo: ¿Qué me importa tu lógica? Yo tengo mi lógica particular […], desgarra mi corazón ver con qué sequedad y aspereza desdeña mis cantares, sólo para ella escritos, y cómo se burla de mí. Pero, ¿creerás que a pesar de todo, estimo ahora a mi Musa más que nunca? Es mi fiel y consoladora amiga; tiene una dulzura tan misteriosa que siento por ella vivísimo amor…
En el Intermezzo lírico de Heine, presente en su Libro de las canciones, encontramos poemas dedicados a su musa Molly. Son poemas numerados, hilvanados cada uno en una guirnalda que contiene la esencia de su corazón, esperando que algún día su estela lírica sea el rastro luminoso que acompañe a la estrella de sus sueños. Sus lágrimas son transparentes, dejando que el sentimiento se muestre claro y puro. Como el rocío, su sentimiento se desliza acariciando con su frescor el amanecer de sus recuerdos. Y sobre lo dicho, algunos de sus poemas a modo de ejemplo:

                     V

                     Tu rostro tan lindo y bello,
                     Lo he visto ha poco en el sueño;
                     Dulce y a los ángeles igualado,
                     Mas pálido, doloroso y pálido.

                     Tan sólo son rojos los labios;
                     La muerte los besará pálidos.
                     Se apagará la luz del cielo,
                    Que en tus piadosos ojos veo.

                    X

                    La flor de loto se asusta
                    Al ver del sol el derroche
                    Y con cabeza inclinada
                    Espera al soñar la noche.

                    La luna que es su galán
                    La despierta en su fulgor,
                    Y ella le desvela amiga
                    Su cara dócil de flor.

                    Florece y arde y reluce
                    Y mira muda a la altura;
                   Aroma y llora y tiembla
                   De amor y de amargura.

                   XXI

                  Así has olvidado total, por completo,
                 Que yo he poseído tu corazón tanto,
                 Ese tan dulce, tan falso, tan pequeño,
                 No hay nada más dulce y más falso.

                Así has olvidado el amor y el dolor,
                Que el corazón apretarme hicieron.
                No sé si el amor al dolor era mayor.
                ¡Sólo sé que ambos grandes fueron!

                XXXII

               Mi dulce amor cuando en la tumba,
               En la oscura tumba, estés yaciente,
               Entonces descenderé hacia ti, única,
               Y me pondré a tu lado sonriente.

               Te beso, te abrazo y te aprieto salvaje,
               Tú callada, tu fría, tú pálida, yo grito,
               Grito y me estremezco y lloro suave
               Y un cadáver me vuelvo yo mismo.

               Los muertos se levantan, llama la hora,
               Ellos bailan en volátiles bandos,
               Nosotros permanecemos en la fosa,
               Yo estoy entre tus brazos.

               Los muertos se levantan, llamados
               El día del juicio a tormento y regocijo.
               Nosotros dos de nada nos preocupamos
               Y abrazados permanecemos unidos.


De 1827 a 1831 estuvo viviendo en Inglaterra e Italia, además de por diversas ciudades alemanas; y esas experiencias le sirvieron para plasmar sus  Cuadros de Viaje; y dentro de este libro les dejo un hermoso fragmento que escribió sobre los soñadores alemanes:
Puesto que todos nosotros dormimos y soñamos, quizá podamos pasarnos sin libertad; porque nuestros tiranos duermen también y sueñan meramente su tiranía. Tan sólo despertamos cuando los católicos romanos nos arrebataron nuestra libertad de soñar; entonces luchamos, vencimos y volvimos a reclinarnos y a soñar. ¡Oh, señor; no se burle usted de nuestros soñadores, porque de cuando en cuando, como los sonámbulos, dicen en medio de su sueño cosas admirables y sus palabras se convierten en semillas de libertad! Nadie puede prever el giro de las cosas. El esplínico inglés, cansado de su mujer, quizá le eche un día  una soga al cuello y la vaya a vender a Smithfield. El voluble francés quizá llegue a ser infiel a su amada desposada, la abandone y se vaya cantando y bailando en pos de las cortesanas de su Palais-Royal. Pero el alemán no echará nunca de su casa a su anciana abuela; siempre le concederá un pequeño rincón junto a su hogar, desde el que pueda referir a sus atentos nietecillos sus consejas…Si un día, lo que Dios no quiera, hubiera desaparecido la libertad del mundo entero, un soñador alemán volvería a describirla en sus ensueños.
También es necesario dejar, de su paso por Italia y de su enamoramiento de la ciudad de Florencia, un fragmento de sus Noches florentinas, un delicioso relato:
Recuerdo una figura de Diana, en cuya mitad inferior había crecido la hierba de la manera más ridícula que imaginarse quepa, así como me acuerdo también de una diosa de la abundancia, de cuyo cuerno brotaba con gran exuberancia una tupida y maloliente maleza. Tan sólo la estatua se había salvado, ¡Dios sabe cómo!, de la malignidad de los hombres y del tiempo; había sido derrumbada, lógicamente, de su pedestal y abandonada entre los altos hierbajos; pero ahí yacía, sin mutilaciones, la diosa de mármol, con los perfectos hermosos rasgos de su rostro, y con sus rígidos y generosos pechos, que brillaban ostentosamente por sobre la alta hierba como una revelación griega. Casi me espanté cuando la vi; esa imagen me infundía un  extraño recato lascivo, y una secreta timidez me impidió contemplar durante mucho tiempo tan magno espectáculo…
En la primavera de 1831 se trasladará a París donde permanecerá el resto de sus días; y escribirá también nuevos Cuadros de viaje. Allí se relacionará con grandes nombres de las letras como: Victor Hugo, Balzac, Lamartine, Musset, Dumas padre, George Sand, Gérard de Nerval…, y con músicos tan ilustres como: Rossini, Chopin, Liszt…
En este país desarrolló una intensa labor periodística, y algunas de sus crónicas se refundieron en su obra La escuela romántica, obra en la que trata también de corregir y ampliar información sobre lo que escribió Madame de Staël sobre Alemania.
En 1835 se decide prohibir escritos del grupo conocido por la Joven Alemania, grupo en el que estaba Heine junto a otros escritores como Wienbarg, Laube o Mundt , sumiendo a Heine en grandes aprietos económicos.
En 1842 se casa con Mathilde; y por aquella época se manifestaron los síntomas de su enfermedad mortal, que le afectaba al sistema nervioso. Esta enfermedad se vio agravada en 1848 por el fracaso de la revolución de marzo, que afecto muchísimo a su estado de ánimo. Sufriendo inmensos dolores y parcialmente inmovilizado, pasa los últimos años de su vida encerrado en su habitación hasta su triste muerte final.
Mauricio Wiesenthal, en su libro El esnobismo de las golondrinas, nos narra de forma poética la muerte de Heine: En Montmartre tenía que ser enterrado Heinrich Heine, el poeta más lírico y musical del Romanticismo. La muerte le llegó a tiempo para no ver sus libros ardiendo en las hogueras que unos salvajes, inflamados por la propaganda política, encendieron en la Europa nazi. “Los bárbaros contra los griegos”, había escrito el propio Heine: el fanatismo de las ideas contra el amargo pergamino de la vida; los discursos y sus razones- hay explicaciones para todos los crímenes- frente a la belleza. Sobre un pedestal de piedra clara se levanta su busto: un rostro noble y pensativo que, desde lo alto, mira a la tierra, hacia la losa- siempre cubierta de flores- donde están escritos algunos de sus versos. Algunas muchachas vienen a dejarle cartas sobre la tumba. Otras postales llegan- no sé cómo- de lugares muy lejanos, traen un sello y deben venir en el correo de la muerte. Y los días de lluvia y de nieve hay siempre una lágrima de tinta que se desliza entre las flores […], cansado y enfermo, se fue apagando en el lluvioso invierno de 1856. Había tenido que mudarse a un apartamento barato, en un quinto piso de la avenida Matignon, en el número 3. Su único consuelo eran las visitas de Mouche, una joven pequeña y delicada, que se sentaba a hacerle compañía junto a su lecho. Dedicó a esta gata fiel los versos más voluptuosos que jamás salieron de su pluma. Su cuerpo se apagaba como se consume la vela dando vida a la llama. La estética “triunfaba en él sobre la verdad”. O sea, la victoria de los griegos sobre los bárbaros, como había soñado en sus versos […], luego intentó dictar una carta a su madre y se quedó dormido. La dulce Mouche vino a verle por la mañana y cerró los ojos de aquel muerto cuyo rostro, recostado sobre la almohada, “parecía el de Cristo”. “Lo que el mundo persigue y espera ahora se ha vuelto completamente ajeno a mi corazón”, había escrito en sus últimas páginas. Un viento cortante soplaba sobre el frío cementerio de Montmartre. En el cortejo le acompañaban algunos alemanes y media docena de amigos, como Gautier y Dumas, que no podían disimular sus lágrimas. Otros fieles, como Karl Marx, estaban lejos. Y Mathilde no se encontraba en la casa en el momento del entierro. Algunos dicen que no había salido sola. Pero, al día siguiente del entierro-costeado por la caridad de un amigo-, un misterioso enano, vestido de negro, apareció en el apartamento, presentándose como monsieur Zacharie. Le enviaba el director Michael Lévy con un saco de escudos para pagar los derechos que se le debían al poeta por todas sus obras. “Tuvimos que ver también-escribe Karl Marx- cómo se le olvidaba cuando ya había estado siempre olvidado”.
A continuación, Wiesenthal, hablando de que en una ocasión buscaba a la poetisa romántica francesa (además de actriz y cantante) Marceline Desbordes- Valmore, nos dice: Un día, cuando buscaba sus huellas en el jardín de Montmartre, vi una rosa roja que se movía detrás de su tumba. Era una rosa de Heine, porque los habían enterrado muy cerca el uno del otro. A él, sin lápida, porque era judío y estaba entonces perseguido por los antisemitas. Pero ahora se enviaban rosas bajo el cielo de Dios, “convirtiendo en un resplandor de lámparas fúnebres la luz de las estrellas”.
Lo que imagino es que Heine le dejaría la rosa roja con este poema sobre el amor vital, ahora que se encuentra por fin libre y descansando de toda persecución antisemita:
                 En su amor la mariposa
                 Vuela de la fresca rosa
                 Sobre el cáliz perfumado;
                 Un rayo del sol ardiente
                 La baña amorosamente
                 Con su resplandor dorado.
                 Pero ¿a quién ama la rosa?
                ¿Quién el amor de la hermosa,
                Quisiera saber, merece?
               ¿Es el ruiseñor que canta?
               ¿O el astro que se levanta
                Cuando la tarde decrece?
                No sé a quién la rosa adora:
                Pero mi pecho atesora
                Para todos tierno amor;
                Para todos, rosa bella,
                Rayo de sol, clara estrella,
                Mariposa y ruiseñor. 


Y Marceline, conmovida por el detalle de Heine, iría en busca de rosas para él, pero no tendría suerte y le dejaría en su tumba una poesía triste, típica de sus poemas en vida:
                He querido esta mañana traerte rosas;
                Pero puse tantas atadas a mi cintura
               Que los ajustados nudos no pudieron retenerlas.
               Los nudos se soltaron. Las rosas volaron al viento;
               Se fueron todas al mar.
               Se fueron con el agua para no volver.
               La onda pareció roja y como encendida.
               Esta noche, mi vestido está aún perfumado…
               Respira en mí el fragante recuerdo…  

              
Heine fue un espíritu tan sensible que probablemente las contradicciones de su tiempo le llevaran a usar en muchos de sus escritos la sátira, la ironía y el humor como un arma arrojadiza para enfrentarse a los dardos envenenados de la sociedad. Desde lo más bello a lo más ácido, sus escritos fueron siempre la respuesta a lo que necesitaba decir. Fue capaz de dejarnos frases tan irónicas poco antes de morir como: “Dios me perdonará, es su oficio”; pero también en un solo poema, publicado en “Poesías de Enrique Heine”, con traducción de Teodoro Llorente, el poeta alemán nos brinda su testimonio de vida: 
 
           
             Corazón, corazón, calla y espera;
             Sufre sin quejas el destino eterno:
             Renacerá otra vez la primavera
             Tras el áspero invierno.

             Aún no agotó la vida sus mercedes:
            ¡Bello es el mundo, luminoso el día!
            Y todo aquello que te plazca, puedes
            Amarlo todavía.


           

              













            
          







     

martes, 13 de diciembre de 2011

Gottfried Keller y su Enrique el Verde

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Gottfried Keller fue un escritor suizo (1819- 1890), que escribió una novela considerada por muchos la mejor del realismo alemán: Enrique el Verde. Dentro de sus páginas, el lector pasea por la Suiza y la Alemania del XIX siguiendo los pasos del protagonista, y acompañando a sus reflexiones y a sus temores en una lucha entre el entorno social y el individuo, dentro de un proceso evolutivo que nos recuerda a la novela de formación de Goethe. Pero lo que Keller hace admirablemente en su novela es aunar dos teorías aparentemente contradictorias: la teoría de la preformación y la teoría del entorno. En la primera, el individuo nace con unas disposiciones naturales que debe saber desarrollar a lo largo de su vida; y en la segunda, se considera que el individuo no nace preformado, sino que se desarrolla según el medio en el que vive su infancia y su juventud.
El protagonista Enrique es capaz de mantener sus disposiciones naturales para el arte (sobre todo para la pintura aunque finalmente se tenga que desarrollar en la escritura), sabiendo que solo podrá desarrollarlas si es un hombre de bien al servicio de la sociedad. Él vive en un mundo burgués mientras quiere cumplir su sueño romántico de ser pintor (el propio Keller fue un pintor fracasado que acabó haciéndose escritor), y es capaz de pintar banderines a cambio de muy poco dinero. Esta lucha entre las inclinaciones naturales y la necesidad de ejercer una profesión que lo sustente me recuerda también a Baruch Spinoza, el filósofo holandés que con su pensamiento condenaba la hipocresía y la falsedad de la sociedad de su época dentro de un mundo pesimista y negativo, mientras él seguía confiando en la belleza de la vida. Para cumplir su sueño de escritor se dedicaba a pulir lentes, quizá para ver más clara aún la verdad que desprendía desde su interior.
Volviendo a la novela, el protagonista es un claro ejemplo de cómo el entorno social se puede volver en contra de sus propias inclinaciones naturales. Mientras paseamos con él por la novela, somos también testigos de la belleza de la naturaleza que le rodea y de sus enamoramientos; y como ejemplo de lo dicho, les dejo estos fragmentos del libro:
1- Estábamos ya sobre la cima que relucía al brillo del sol poniente; ante mí se balanceaba la figura glorificada y ligera como una pluma de la joven muchacha… Así que intercambiamos nuestros nombres de pila, acobardados y esquivos; pero el mío se escurrió en mis oídos como el sonido de una flauta, y cuando Anna desapareció rápida y temerosamente a la sombra del otro lado de la montaña, yo había adquirido dos cosas: un mecenas grande y poderoso que habitaba invisible sobre el mundo que entonces anochecía, y la imagen delicada y pequeña de una mujer que me atreví a colocar sin demora dentro de mi corazón.
2- Cuando desde una altísima elevación miraba por encima de nuestra ciudad hacia aquella zona, la pequeña y oculta franja de azules tierras lejanas donde se suponían el pueblo y, no lejos de allí, el lago del maestro de escuela, se me aparecían como el lugar más hermoso de lo que abarcaba mi vista, el aire soplaba desde allí más limpio y más feliz, la presencia de Anna, invisible a mis ojos en aquel alejado ocaso azulado, actuaba desde allí de forma magnetizante por encima de todo lo que había en medio de aquella tierra. Incluso cuando, andando en las profundidades, no veía aquel horizonte de dicha, buscaba y trataba de sentir su parte de cielo y contemplaba con nostalgia y anhelo el pedazo de firmamento que llegaba hasta allí delimitado por las cercanas montañas.
3- Estaba de cuerpo entero, entre un parterre de flores, cuyos altos tallos y cálices se elevaban hacia un cielo de color azul profundo junto a la cabeza de Anna; la parte superior del dibujo estaba terminada en forma de arco y enmarcada con pámpanos en los que se sentaban resplandecientes aves y mariposas, cuyos colores acentué aún más con destellos de oro. Todo esto, igual que las ropas de Anna, que yo encontraba fantásticas y así las adornaba, me resultó el más agradable de los trabajos durante los muchos días que pasé en el bosque, y únicamente lo interrumpí para tocar la flauta que siempre llevaba conmigo. Incluso por la noche, después de la puesta de sol, salía a menudo con la flauta, subía por la montaña hasta el lugar donde, en lo hondo, se encontraban el lago y la casa del maestro de escuela, y allí dejaba sonar mis melodías o incluso alguna hermosa canción de amor, de manera espontánea, a través de la noche y de los rayos de luna. 
 Keller recuerda también en su novela la leyenda de la roca Lorelei (la roca del susurro), a orillas del Rin. Fue uno de los lugares más peligrosos para los navegantes, donde perecieron muchas vidas. La leyenda nos cuenta que Lorelei fue una hermosa muchacha traicionada por el hombre del que estaba enamorada, y decidió quitarse la vida arrojándose desde el acantilado, observando en los instantes previos a su muerte el castillo de su amado con una mirada acuosa. También la leyenda nos la presenta como una hermosa sirena que llena de rencor por la traición de su amado decide vengarse conduciendo a los navegantes a la muerte con su límpido y atrayente canto. Una de sus víctimas fue Ronald, un joven apuesto que la contempló una noche desde su barca, y a pesar de la oscuridad pudo contemplar la belleza de su rostro y cómo peinaba su dorado cabello. De repente, los labios de Lorelei se abrieron y profirió su dulce canto embriagador hasta que sus miradas se cruzaron; y en su ensimismamiento, Ronald decidió bajarse de la barca sin advertir que estaba en medio del río, donde pereció ahogado. El padre del joven, acompañado de unos cuantos hombres, decide vengarse y suben hasta el acantilado, pero Lorelei se despojó de su collar de perlas y lo lanzó al Rin, apareciendo entonces una tormenta en el cielo, y en medio de su fragor, de las aguas turbulentas brotaron dos enormes olas con forma de caballo que se llevaron a la joven a sus profundidades. Poco tiempo después, en las orillas del río apareció el cuerpo inerte de Ronald; y de la bella Lorelei no se supo jamás, tan solo su canto permanece grabado entre las rocas y se repite como un eco.
Después de esta bella leyenda, me viene a la memoria uno de los más hermosos poemas que Heine le dedicó a este acontecimiento, dejándose enredar también en el mismo hilo del enamoramiento que conduce a la muerte:
                       No sé por qué estoy triste… una rancia leyenda
                       De tiempos antiquísimos, a mi memoria viene.
                       Hiela el viento… atardece… el Rin corre tranquilo,
                       Y dora las montañas la luz del sol que muere.
             
                       Una hermosa doncella misteriosa se asienta
                       Sobre el abismo… viste de flamantes joyeles,
                       Sus guedejas de oro con peine de oro aliña,
                       Y canta melodías que abeleñan la muerte…

                       Al pescador que acerca su barquilla a la roca
                       Infúndele salvaje dolor que lo enloquece…
                       No ve el peligro… y mira fascinado a la bella
                       Loreley que lo encanta ¡y lo lleva a la muerte!  


           Regresando de nuevo a Keller y a su obra, hay que decir que es un escritor muy poco conocido en nuestro país. Forma parte de aquellas delicatessen tan poco conocidas para el gran público. Fue también, además de pintor y novelista, un poeta (aunque dar hoy en día con un libro suyo de poemas sea tan tamaña empresa). No resulta extraño, pues, que otro escritor paisano suyo, perteneciente también a las delicatessen poco conocidas, aunque posterior en el tiempo, el escritor suizo Robert Walser, sintiera tanta admiración por él que dijera cosas como: “Su Enrique el Verde será durante generaciones un libro amable y digno de ser leído, maravillosamente educativo”, “En el sanatorio he vuelto a leer Enrique el Verde. Me arrastra a sus brazos una y otra vez”, “Supo unir de manera única lo sublime con lo vulgar y democrático, y al hacerlo así lo humanizó”. “Si volviera a empezar desde el principio, me esforzaría por eliminar consecuentemente lo subjetivo y escribir de tal modo que gustara al pueblo. Me emancipé demasiado. No se puede describir una curva en torno al pueblo. Como ejemplo tendría ante los ojos la terrible belleza de Enrique el Verde”. (En Paseos con Robert Walser, Editorial Siruela).
Esta novela, a buen seguro, hará reflexionar también sobre la propia existencia a todo lector que se precie, mientras acompaña al protagonista al abrigo de sus propios recuerdos. Se puede resumir en las dos palabras que utiliza Walser: terrible belleza, pero una “terrible belleza” que dejará una buena sensación en el interior y un agradable recuerdo en la mente del lector.


 

 

domingo, 9 de octubre de 2011

La reflexión imaginativa orientada hacia el mundo invisible

                                                  tlamatzinco.blogspot.com

La temprana muerte de Sophie, el primer amor de Novalis, hace que el poeta emprenda a partir de entonces el camino de regreso hacia lo divino, buscando hallar el misterio absoluto de las cosas a través de la poesía.
Durante tres años la entrada al palacio de Grüningen embriagó el corazón del poeta de la felicidad más absoluta al dirigirse al encuentro de su amada, hasta que un triste día la cuna que mece los sueños de amor del poeta se transforma en la tumba donde yace su Sophie, privada de la vida con tan solo 15 años por culpa de la tuberculosis que venció a su frágil cuerpo.
A partir de entonces el poeta se siente en completa soledad, experimentando el mayor dolor con la única compañía de un frío mortal que separa al alma de todo deseo, y rompe los hilos con el mundo para consumirse desesperadamente a sí mismo, pero sabiendo que todo lo que se ama permanece en el individuo y que estamos en soledad con todo lo que amamos.
En uno de sus días de tristeza por la muerte de su amada, el poeta va a experimentar que Sophie va a convertirse en la guía que media entre la vida y la muerte, entre la luz y la sombra, mediadora que le abre el camino hacia un mundo invisible, como bien expresa el canto III de sus himnos a la noche:
Antaño,
Cuando yo derramaba amargas lágrimas;
Cuando, disuelto en dolor, se desvanecía mi esperanza;
Cuando estaba en la estéril colina,
Que, en angosto y obscuro lugar albergaba la imagen de mí
-Solo, como jamás estuvo nunca un solitario,
Hostigado por un miedo indecible-
Sin fuerzas, pensamiento de la materia solo.
Cuando entonces buscaba auxilio por un lado y por otro
-Avanzar no podía, retroceder tampoco-
Y un anhelo infinito me ataba a la vida apagada que huía:
Entonces, de horizontes lejanos azules
-De las cimas de mi antigua beatitud-,
Llegó un escalofrío de crepúsculo,
Y, de repente, se rompió el vínculo del nacimiento,
Se rompieron las cadenas de la Luz.
Huyó la maravilla de la Tierra, y huyó con ella mi tristeza
-La melancolía se fundió en un mundo nuevo, insondable
Ebriedad de la noche, sueño del Cielo-,
Tú viniste sobre mí,
El paisaje se fue levantando dulcemente;
Sobre el paisaje, suspendido en el aire, flotaba mi espíritu,
Libre de ataduras, nacido de nuevo.
En nube de polvo se convirtió la colina,
A través de la nube vi los rasgos glorificados de la Amada
-En sus ojos descansaba la eternidad-.
Cogí sus manos y las lágrimas se hicieron un vínculo
Centelleante, indestructible.
Pasaron milenios huyendo a la lejanía, como huracanes.
Apoyado en su hombro lloré;
Lloré lágrimas de encanto para la nueva vida.
-Fue el primero, el único Sueño-
Y desde entonces,
Desde entonces solo,
Siento una fe eterna, una inmutable confianza en el Cielo de la Noche,
Y en la Luz de este Cielo: la Amada.
A partir de aquí, el poeta va a enfrentarse a lo largo de su vida a una doble revelación: el amor le impulsa a conocerse a sí mismo, y por otro lado, la pasión de Cristo nos desvela el camino de regreso de la humanidad hacia lo divino. Ambos caminos conducen a aceptar la muerte. Por el primer camino el hombre puede llegar a comprender el Universo si es capaz de comprenderse a sí mismo; y por el otro puede llegar a una conquista espiritual que le reconcilie con la muerte. Una vez aceptada la muerte, el espíritu la puede trascender y participar a su vez en la noche infinita del Universo.
Novalis asume el papel del poeta romántico que enseña al hombre a ver la realidad de otra manera a través de la reflexión imaginativa. Esta reflexión imaginativa está propiciada por la poesía, que alumbra con su luz al hombre y es la única capaz de devolverlo a la “Edad de Oro”, época en la que el hombre era al mismo tiempo dios y héroe, y en la que Naturaleza, Belleza y Verdad unían sus lazos bajo el cielo de la libertad. De esta forma, el poeta en su condición de “hombre divino” puede volver a aquella edad y puede lograr la completa realización de su naturaleza humana.
Para ello, el amor actúa como un puente elevadizo por el cual el poeta se comunica a través de un estado supremo de la conciencia que conduce al hombre a ser un ser suprasensorial capaz de encontrarse a sí mismo, de encontrarse más allá de los sentidos y poder comunicarse con su espíritu a través de la contemplación, de la escucha y del sentimiento. A partir de entonces, el ser humano conoce completamente las profundidades de su espíritu, conoce el universo que habita en su interior porque ha podido descifrar el misterioso camino que nos conduce a la eternidad de nuestros dos mundos: pasado y presente.
Para Novalis, la naturaleza y el espíritu tienen una raíz común que es necesaria conocer y descifrar a través de los sentidos. A través de los sentidos el poeta vierte su poesía, que es la expresión de la realidad absoluta.
Novalis, a través de su poesía, convirtió el dolor en una dulce nostalgia por la cual se traza el verdadero carácter de un amor auténtico para sentir que cada cosa que amamos es el centro de un paraíso; por tanto, el poeta nos brinda a través de las palabras que constituyen su poesía un nuevo concepto del amor, un amor que a través de su dolor se transformó en una renovación espiritual. El profundo dolor que sintió por la muerte de su amada lo transformó con la poesía, medio por el cual su amor se convirtió en el puente que lo trasladó a la felicidad contenida en el cielo. Desde sus poemas contemplamos el misterio de la noche para ver que el amor nos conduce a la eternidad, que el amor elimina todo el misterio con el que nos envuelve la noche y nos comunica con la esencia del Universo, donde conviven sueño y poesía. Se dio cuenta de que una unión concluida por la muerte es una boda que nos da una compañía para la Noche, y que es en la muerte donde el amor es más dulce. Para los amantes, la muerte es una noche nupcial, un secreto de muertes muy dulces.
Si el hombre consigue rasgar el velo misterioso de la noche habrá encontrado la felicidad del cielo y habrá vencido a las sombras de su soledad, o dicho en otras palabras: la poesía es el camino para la purificación del dolor. A través del amor puede vivir la vida humanamente; y expresando sus sentimientos en poesía unirá su alma a otras muchas almas en un clamor que traspase la oscuridad con su eco celestial y se dirija a la pureza de la eternidad.

viernes, 30 de septiembre de 2011

La felicidad está en las pequeñas cosas

                                                        www.letralia.com


La peculiar vida del escritor suizo Robert Walser (1878-1956) puede ser resumida por las palabras que usa uno de sus poetas predilectos, el alemán Friedrich Hölderlin, en su Hiperión: “Ser uno con todo lo viviente, volver en un feliz olvido de sí mismo al todo de la naturaleza”, y también cuando dice: “El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”.
Tenía tan desarrollado su instinto de observación que sabía extraer de la cotidianeidad, de la sencillez, la belleza que cada día pasa desapercibida para la mayoría de los mortales, desplegando en sus escritos la verdadera esencia de las cosas, y haciendo brotar de la naturaleza todo el encanto que encierra, incluso en lo aparentemente desapacible. Todo ello, trasladado a sus escritos, hacía que sus textos fuesen como el puro manantial que discurre con serenidad y templanza por los senderos, bordando el corazón de los lectores con el hilo dorado de sus ensueños.
Su personalidad, romántica y tierna, estaba unida inevitablemente a las fantasías de un soñador que camina en silencio durante horas observando cómo el atardecer conmueve con su áureo resplandor el alma de un poeta, cómo la luna es tan dulce y fascinante con su pálida y blanquecina suavidad, o cómo el perfume de las flores difunde su sutil aroma por un determinado paisaje.
Poseía un sentido tan elevado para captar lo bello, que era capaz de encontrarlo en cosas tan cotidianas y tan aparentemente triviales como un botón, (para él tan conmovedor y delicioso en su modestia), o en un paraguas que cuelga de un viejo clavo y que comparten la desolación que les rodea con un cálido abrazo.
Walser, además de querer pasar siempre desapercibido en la vida, había padecido también grandes depresiones y alucinaciones. Como neurótico que era solía huir del trato social, y por todo ello deciden trasladarlo voluntariamente al sanatorio de Waldau en primer lugar, y posteriormente al de Herisau, abandonando el caudal que le ofrecía su alma para sus escritos a cambio de un doloroso silencio ágrafo.
Dentro de esa reclusión goza de la libertad de poder pasear durante horas apresando todo lo bello que encuentra, pero sin posibilidad de trasladarlo al papel.
Un amargo día, en la navidad de 1956, Walser sale a dar uno de sus frecuentes paseos, y encuentran su cuerpo yaciendo en la nieve. Esta fría capa de la realidad envolvió con su manto blanco el traje con el que cubría sus sueños, mientras su alma volaba al cielo para encontrar un lugar en el que la humanidad fuera una familia unida por el amor, la pureza y la paz.
Pero antes de abandonar este mundo, nos dejó escrito, como si de una especie de profecía se tratase, un hermoso poema titulado Nieve:

Nieve que nevará, la tierra se repliega
En un lamento blanco, allá a lo lejos.
Vacila bajo el cielo el hervidero
De copos en un ay, nieve, la nieve.
Ofrenda de una calma y de una amplitud inédita
Me ablanda el mundo blanco de la nieve.
Mi ansiedad diminuta se agiganta
Y en lágrimas se ahoga lo más hondo.

miércoles, 27 de julio de 2011

Las rosas del sueño eterno

                                          Rilke en su torreón de Muzot

                         http://picture-poems.com/rilke/rilke-muzot_1923.html  


Las rosas han sido tradicionalmente las compañeras de viaje hacia la eternidad. En el caso del poeta checo Rainer Maria Rilke no solo fueron compañeras, sino que Hades quiso para él que un símbolo de la belleza le proporcionara también la muerte.
Rilke vivió con frecuencia estados de angustia existencial, estados de profunda melancolía (y posiblemente viviera también episodios de angustia creativa) en un cuerpo débil y enfermizo. Vivió sin dinero una vida errante que le acarreó desgracia e infelicidad hasta que un buen día se trasladó al castillo de Muzot (quizá un fiel guardián del silencio y la soledad que siempre buscó).
A lo largo de su existencia caminó entre el trasiego de la vida visible a la invisible. Para él la vida invisible era esa vida interior única, verdadera y real donde confluyen el alma, la intimidad y el sentimiento. Un mundo mucho más cierto que la mera percepción de lo tangible. Y ese mundo interior se convirtió en un manantial que vertía la belleza de sus poemas, se convirtió en la voz de la poesía pura clamada desde el candor de su alma.
Es curioso que el poeta que vivió entre la belleza y el espanto, según el título del hermoso libro que le dedicó Antonio Pau, encontrara su muerte entre el espanto por el dolor que le causó una espina y la belleza de una rosa.
Un aciago día de 1926 el poeta se prepara para recibir la visita de la egipcia Nimet Elui, y sale al jardín de su torreón de Muzot para cortarle unas rosas en su honor. Apolo las creó lanzando sus dorados rayos para cautivar al alma de Rilke con su belleza. Su mano izquierda cogió las rosas, clavándose una espina que le provocó un gran dolor, una espina que fue un puñal para su corazón. Con este pinchazo se descubre que el poeta padece leucemia y fallece en menos de un mes, a finales de 1926. Rosas que se cubrieron de sangre pero también de rocío al oír estas palabras que el poeta les dedicó:

Una sola rosa es todas las rosas
Y es ésta; el irremplazable,
El perfecto, el dócil vocablo
Que encuadra el texto de las cosas.

Cómo decir alguna vez sin ella
Lo que fueron nuestras esperanzas,
Y las tiernas intermitencias
En nuestro continuo viaje.

Y para su epitafio escribió: “Rosa, oh contradicción pura, alegría de no ser sueño de nadie bajo tantos párpados”.
Él mismo dijo en una ocasión que volvería a través de las flores, por eso, seguramente, hoy será una rosa. Fue siempre su flor favorita, su símbolo. Brotó por encima de injusticias, guerras, muertes, miserias, penalidades, infortunios… manteniéndose firme ante el dolor. Aromatizó con la esencia de sus poemas la vida de muchos lectores apenados por la guerra, y cultivó sobre la tierra su semilla dorada y soñada de ser poeta. En medio de tantas luchas terrenales permaneció inmarcesible, porque como él mismo afirmó: “El final de todo será hermoso”.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Stefan Zweig y Carta de una desconocida

Stefan Zweig  http://www.stefanzweig.eu/wp-content/gallery/stefan/40stefan_zweig01.jpg


Rosas blancas http://www.2flores.com/arrangements/medium/2849.jpg

Se podría decir que Carta de una desconocida es la historia de un amor unilateral: el amor que siente una mujer por un novelista desde su más tierna adolescencia hasta su muerte. A lo largo de todo este proceso ella mantiene su llama de amor viva y eterna, resistiendo el paso del tiempo y el perpetuo olvido con el que le corresponde el objeto de su amor, quedándole finalmente a uno la aguda certeza de que su amor seguirá siendo constante incluso más allá de la muerte.
Se podría decir que ella es una persona olvidada de sí misma, anulada de su propia vida, sin saber qué sitio ocupa en el mundo, y autosometida en todo momento a la vida de la persona que ama, hasta llegar a parecernos un espejo donde se refleja continuamente la vida de su amor.
En los breves encuentros que mantendrán a lo largo de la vida ella intentará que él la acabe reconociendo a través de sutiles pistas como las flores que ella por cada cumpleaños le envía sin que él sepa de qué mano procede; o bien a través de la mirada concentrada en la que asoma su alma a ver si él es capaz de leer su mensaje de amor puro e irreductible; pero él nunca podrá reconocerla porque no siente amor, sino el deseo fugaz de un cuerpo.
Ella se decide a escribir la carta porque el hijo que ambos tuvieron en uno de sus encuentros falleció, y ella está también muriéndose. Quizá la carta represente el último intento desesperado porque él la acabe reconociendo, la despedida de la vida dejando escrito su testamento de amor. Cuando él lee la prolija carta la acaba reconociendo como una vaga figura a lo largo de la vida (ni siquiera puede formarse su representación exacta). Es la narración de la vida de ella desde que por vez primera lo vio en su adolescencia hasta los instantes previos a su muerte, una vida que es en definitiva la de él, la de la fuerza del amor que irremediablemente choca contra el muro en el que no existen sentimientos correspondidos. Es lógico que él acabe vagamente reconociéndola a través de una carta, es decir, a través de las palabras. De nada sirve cuando se ama y no se es correspondido que la otra persona averigüe por su cuenta el secreto si no se hace público, si no es transferido por las palabras. Las formas indirectas terminan siendo esfuerzos vanos.
Se podría criticar de ella que olvidó vivir su propia vida, que ningún ser humano debe autosometerse de esa forma a otro y que nadie en el mundo merece ese grado de entrega. Pero ella fue capaz de amar, y amar es vivir. Si hacemos caso a las palabras de Adam Jackson: “Cuando llegues al final de tu vida, lo único que contará será el amor que hayas dado y recibido. En tu viaje al otro mundo, lo único que te llevarás contigo es amor, y lo único de valor que dejarás atrás es amor”. Ella dio amor en su vida, y aunque nunca recibiera el amor que más le interesaba, en cambio recibió el cariño de muchas otras personas. El novelista, sin embargo, llevaba una vida tan solitaria que cuando tenía que disfrutar de los placeres los hacía sin ponerle ese sentimiento y afectividad que solo sabe poner el amor. Vivía tan solo que era incapaz de sentir ningún tipo de emoción cuando por casualidad se percataba en el periódico de que era el día de su cumpleaños. Se encuentra tan solo en la vida que en el momento en el que es consciente por vez primera tras leer la carta de que alguien ha sido capaz de amarle de esa forma, mira hacia el jarrón donde todos los años por su cumpleaños tenía siempre rosas blancas (el símbolo de la pureza, el encanto y la discreción encarnados perfectamente en la persona que lo ama), y ve que ya no hay nada, que por lo tanto ya nadie le recuerda, y siente el frío del abandono por vez primera y el vuelo invisible como una lejana melodía de la vida que desprendió la persona que lo amaba, de la vida cuya esencia última se escapa de la carta buscando su rincón en el cielo para permanecer eternamente más allá de la muerte.
Si ella fue capaz de que su amor en vida, zaherido por su falta de reconocimiento, se mantuviera siempre en pie, imperturbable, y permaneciera más allá de la muerte en un lugar donde nada le podrá perjudicar, otro tanto se puede decir del escritor de esta novela: Stefan Zweig.
Zweig decidió un triste día, concretamente el 22 de febrero de 1942, bajarse del tren de la vida. Las alas de su sueño de una Europa unida por la humanidad fueron cortadas por la pesadilla de las dos guerras mundiales. Su fe en la humanidad y en la libertad personal del individuo se rompió a la vez que la vieja y culta Europa se moría, y decidió buscar un nuevo amanecer en otro sitio, un sitio donde al amor se le rindiera pleitesía. Su espíritu sensible nunca pudo armonizar con la barbarie, y por eso, seguramente, el amor que sentía por lo humano pululará también inmaculado por el cielo.